Quiero hacer referencia a tres recursos que a todos, cuando comenzamos en esto, nos gustaba utilizar. Ellos son el FlashBack, la Voz en Off y el Cuarto Muro, y que sin lugar a dudas era lo primero que empezaba a matar, aniquilar, asesinar, o como quieras llamarlo, a nuestro amado guión o libreto.
Ya me parece estar visualizando tus pensamientos aquí en mi pequeña esfera de cristal preguntándote “¿Pero por qué, si siempre me han funcionado muy bien?”
Pues bien, hoy te hablaré del primero, del FlashBack, y en las próximas entregas veremos los demás. Pero antes de empezar déjame preguntarte: ¿qué hora es?.., gracias. Es tiempo presente ¿cierto?, es hoy, AHORA. Incluso si te preguntara qué hiciste ayer, hace una semana, un año atrás o hace diez, me lo estarías contando hoy, en éste instante, AHORA, ¿cómo?, a través del diálogo, de un parlamento; la tarea de formarse las imágenes en su cerebro es mía y absolutamente mía, es mi libertad y es mi derecho como lector, como escucha o como espectador.
Son muy pocas las ocasiones en las que un FlashBack debe y puede ser utilizado, y esas ocasiones están definidas por la propia historia o por la estructura narrativa de la misma (valga la pena citar las genialidades de Memento, Pulp Fiction, o Amores Perros. Historias además que no hacen uso del FlashBack en el sentido estricto del término, aunque ese tema es harina de otro costal), pero ten cuidado, a la genialidad se llega con sudor, esfuerzo, y sobre todo, con mucha práctica y experiencia, la cual sólo nos la da el trabajo constante.
En las demás ocasiones sólo es un reflejo de la imposibilidad del autor por reflejar una situación precedente, causa y origen del momento presente, con un diálogo o un detalle simple y magistral, para que esa vivencia o remembranza estalle en la imaginación del que la ve o la lee.
Si me tuvieras que narrar verbalmente, cara a cara, lo fantástico o lo triste que te sucedió ayer, ¿tendrías que mostrarme el video que tomaste?, ¿tendrías que montarme en una máquina del tiempo e ir al pasado para que yo viera cuál fue la causa de que HOY rías, llores, cantes, bailes o te quieras tirar de un quinto piso? Piénsalo, eso sería lo más fácil, y el facilismo sólo denota pereza y falta de talento, y yo estoy seguro de que tú no eres lo uno, y te sobra de lo otro.
En la próxima entrega veremos otro tema muy ligado a éste, el de la Voz en Off, nos vemos.
¿Qué es el Flashback?
El flashback es una vuelta repentina y rápida al pasado del personaje.
Es una técnica utilizada tanto en el cine como en la literatura y la televisión, que altera la secuencia cronológica de una historia, conectando momentos distintos y trasladando la acción al pasado.
En literatura un excelente ejemplo es “El sonido y la furia” de William Faulkner, y en cinematografía un buen ejemplo es "La Conquista del Honor", de Clint Eastwood. En series de televisión podemos mencionar a “Lost” (Perdidos), donde se sabe algo del pasado de los protagonistas en cada nuevo episodio.
Es una técnica utilizada tanto en el cine como en la literatura y la televisión, que altera la secuencia cronológica de una historia, conectando momentos distintos y trasladando la acción al pasado.
En literatura un excelente ejemplo es “El sonido y la furia” de William Faulkner, y en cinematografía un buen ejemplo es "La Conquista del Honor", de Clint Eastwood. En series de televisión podemos mencionar a “Lost” (Perdidos), donde se sabe algo del pasado de los protagonistas en cada nuevo episodio.
Una nota suelta
Hoy llegó a mis manos un mensaje que quisiera compartir con ustedes, ya que una parte fundamental del mismo involucra a los libros. Eso sí, para aquél que quiera entender el porqué de los libros.
"Cuentan que un turista fue a la ciudad de El Cairo, Egipto, con la finalidad de visitar a un famoso sabio.
El Turista se sorprendió al ver que el sabio vivía en un cuartito muy simple y lleno de libros, y que las únicas piezas de mobiliario eran una cama, una mesa y un banco.
-¿Dónde están sus muebles?-, preguntó el Turista.
A lo que el sabio rápidamente le preguntó:
-¿Y dónde están los suyos...?
-¿Los míos?-, se sorprendió el Turista. -¡Pero si yo estoy aquí solamente de paso!
-Yo también- le respondió el sabio".
"Cuentan que un turista fue a la ciudad de El Cairo, Egipto, con la finalidad de visitar a un famoso sabio.
El Turista se sorprendió al ver que el sabio vivía en un cuartito muy simple y lleno de libros, y que las únicas piezas de mobiliario eran una cama, una mesa y un banco.
-¿Dónde están sus muebles?-, preguntó el Turista.
A lo que el sabio rápidamente le preguntó:
-¿Y dónde están los suyos...?
-¿Los míos?-, se sorprendió el Turista. -¡Pero si yo estoy aquí solamente de paso!
-Yo también- le respondió el sabio".
Consejos para escribir un guión -2-
Para el consejo de hoy quiero que te imagines que eres tú quien va a leer el guión de otra persona a la cual no conoces y con quien no te une ningún tipo de vínculo y que además, para terminar de completar el cuento, has descalificado de antemano porque si no lo conoces, tú que te pasas la vida leyendo guiones, quiere decir que ese otro no ha escrito nada, por ende: no es nadie; y sólo vas a mirar su guión porque un jefe te obliga, o te paga (que para el caso es lo mismo) para que lo hagas. ¡Ah!, y como punto culminante: es un viernes a las 4:30 de la tarde.
¿Ya te imaginaste la escena? Prometedora, ¿cierto?
Tranquilo, aquí te doy unas ayudas que pueden funcionar. Se trata de que mantengas su atención y que literalmente lo obligues a pasar a la siguiente página. Volvamos a usar la imaginación: esta vez estás en tu oficina y un compañero está relatando un cuento, le suena el teléfono y él contesta; pasan uno, dos, tres minutos, ¿sigues ahí?, ¿qué ha hecho que te quedes esperando su narración si tienes otras cosas más importantes que hacer? Piénsalo.
¿Recuerdas aquel famoso “y qué tal si…”? Pues bien, seguramente él lo ha sabido utilizar porque te sembró una duda (¿logró tu otro compañero(a), del que está contando el cuento, acostarse con el o la amiga con la que salió la noche anterior?); o porque tal vez te prometió una sonrisa (¿será que se tomo unos tragos de más y lo que hizo fue un ridículo monumental?). Pues bien, eso es justo lo que debes hacer al final de la primera página: sembrar la promesa de que algo bueno le darás en la segunda página, y debes dárselo, nunca prometas algo que no darás, eso matará la historia y la enterrará junto con las demás que yacen en el cesto de su basura. Piensa en tu compañero, ¿gastarías de nuevo tu tiempo con él si al final te sale con que tu otro compañero(a) simplemente se devolvió a su casa y no pasó nada y todo sigue igual?
Ahora bien, ésa es la parte fácil, porque después de hacer eso con la primera página deberás seguir haciéndolo por lo menos durante 19 páginas más; ¿por qué?, porque él no sabe nada sobre tu historia, y sólo hasta que le hayas mostrado ése número de páginas lo tendrás lo suficientemente enganchado para que quiera saber el final, para que no quiera irse de la oficina hasta terminar de leer; porque eso significará también que tu público no comenzará a revolverse en la silla del teatro después del minuto cinco pensando que pudo haber invertido su plata en otra cosa, o que la historia no lo atrape lo suficiente y empiece a pensar que si el canario de la tía Raquel seguirá vivo, es que hace tanto tiempo que no la visita…
Recuerda, el truco está en saber encadenar una imagen con otra, una situación con la siguiente, es un juego de gato y ratón, tal como dice el eslogan de este blog: “lo importante no es LO que se cuenta, sino CÓMO se cuenta”.
¿Ya te imaginaste la escena? Prometedora, ¿cierto?
Tranquilo, aquí te doy unas ayudas que pueden funcionar. Se trata de que mantengas su atención y que literalmente lo obligues a pasar a la siguiente página. Volvamos a usar la imaginación: esta vez estás en tu oficina y un compañero está relatando un cuento, le suena el teléfono y él contesta; pasan uno, dos, tres minutos, ¿sigues ahí?, ¿qué ha hecho que te quedes esperando su narración si tienes otras cosas más importantes que hacer? Piénsalo.
¿Recuerdas aquel famoso “y qué tal si…”? Pues bien, seguramente él lo ha sabido utilizar porque te sembró una duda (¿logró tu otro compañero(a), del que está contando el cuento, acostarse con el o la amiga con la que salió la noche anterior?); o porque tal vez te prometió una sonrisa (¿será que se tomo unos tragos de más y lo que hizo fue un ridículo monumental?). Pues bien, eso es justo lo que debes hacer al final de la primera página: sembrar la promesa de que algo bueno le darás en la segunda página, y debes dárselo, nunca prometas algo que no darás, eso matará la historia y la enterrará junto con las demás que yacen en el cesto de su basura. Piensa en tu compañero, ¿gastarías de nuevo tu tiempo con él si al final te sale con que tu otro compañero(a) simplemente se devolvió a su casa y no pasó nada y todo sigue igual?
Ahora bien, ésa es la parte fácil, porque después de hacer eso con la primera página deberás seguir haciéndolo por lo menos durante 19 páginas más; ¿por qué?, porque él no sabe nada sobre tu historia, y sólo hasta que le hayas mostrado ése número de páginas lo tendrás lo suficientemente enganchado para que quiera saber el final, para que no quiera irse de la oficina hasta terminar de leer; porque eso significará también que tu público no comenzará a revolverse en la silla del teatro después del minuto cinco pensando que pudo haber invertido su plata en otra cosa, o que la historia no lo atrape lo suficiente y empiece a pensar que si el canario de la tía Raquel seguirá vivo, es que hace tanto tiempo que no la visita…
Recuerda, el truco está en saber encadenar una imagen con otra, una situación con la siguiente, es un juego de gato y ratón, tal como dice el eslogan de este blog: “lo importante no es LO que se cuenta, sino CÓMO se cuenta”.
Consejos para escribir un guión -1-
Esta es la primera de una serie de pequeños (aunque no por ello poco importantes), consejos sobre algunos aspectos a tener en cuenta al momento de enfrentar la aventura de escribir tu guión o libreto; ya que de alguna forma estos van a definir la manera en la cual vas a narrar tu historia, lo que a su vez redundará en el éxito o el fracaso de la misma, ya que estos detalles, por considerarse “de poca importancia” por parte de la mayoría de escritores, dan al traste con sus objetivos porque su forma de contar el cuento no motiva a la lectura, no logra calar en las personas encargadas de leer y aprobar sus guiones o libretos.
Después de esta pequeño reflexión entremos ahora sí de lleno a mi primer consejo, al cual lo llamaré Sencillez.
Lo primero que debes tener en cuenta es que cuando escribes una palabra lo que estás buscando con ella es transmitir una sensación o reflejar una imagen que tienes preconcebida en tu imaginación, y que si le das muchas vueltas o la escondes detrás de una infinidad de adornos y arandelas se perderá su sentido; por lo tanto, lo que menos debes hacer es maquillarla, preséntala simple, sencilla, con la menor cantidad de colorete posible.
Recuerda que el maquillaje se usa para tapar o disimular imperfecciones, aunque en algunas ocasiones haga resaltar aún más un rostro hermoso, el mismo siempre deberá ser bello aún sin el artificio, o nuestra decepción será grande cuando lo miremos al natural, cosa que con una verdadera buena idea nunca deberá ocurrir.
Sé sencillo. Utiliza palabras cortas y comunes, no rellenes de arabescos ni florituras tus descripciones ni tus diálogos. No los conviertas para el lector o el espectador en una afanosa búsqueda mental de sinónimos y referencias que le hagan perder el hilo de la idea central que estás queriendo transmitir; recuerda que ella, la idea, es lo importante, y no tu demagogia o tu pericia en el manejo de los sinónimos o de las palabras rebuscadas.
Al hacer descripciones sé lo más parco posible, recuerda que no estás escribiendo literatura, que son las imágenes las que hablarán por ti, no las palabras per sé. No te regodees en describir que en la sala hay 10 cuadros, 15 fotografías, 4 sillones, 3 jarrones. No relaciones algo en concreto a no ser que alguna de esas cosas influya de manera decisiva en la historia: es que en algún momento sólo habrá 9 cuadros, ¡se han robado uno!, eso es otra cosa, pero si no es así puedes decir simplemente que es una sala recargada de cachivaches; ¡déjale algo que hacer a los del área de arte, ambientación o utilería!, cada uno a lo suyo.
Mañana hablaremos de cómo hacer que quieran saber qué pasa en la próxima escena, o mirar la próxima página, o saber si... (el famoso if...)
Después de esta pequeño reflexión entremos ahora sí de lleno a mi primer consejo, al cual lo llamaré Sencillez.
Lo primero que debes tener en cuenta es que cuando escribes una palabra lo que estás buscando con ella es transmitir una sensación o reflejar una imagen que tienes preconcebida en tu imaginación, y que si le das muchas vueltas o la escondes detrás de una infinidad de adornos y arandelas se perderá su sentido; por lo tanto, lo que menos debes hacer es maquillarla, preséntala simple, sencilla, con la menor cantidad de colorete posible.
Recuerda que el maquillaje se usa para tapar o disimular imperfecciones, aunque en algunas ocasiones haga resaltar aún más un rostro hermoso, el mismo siempre deberá ser bello aún sin el artificio, o nuestra decepción será grande cuando lo miremos al natural, cosa que con una verdadera buena idea nunca deberá ocurrir.
Sé sencillo. Utiliza palabras cortas y comunes, no rellenes de arabescos ni florituras tus descripciones ni tus diálogos. No los conviertas para el lector o el espectador en una afanosa búsqueda mental de sinónimos y referencias que le hagan perder el hilo de la idea central que estás queriendo transmitir; recuerda que ella, la idea, es lo importante, y no tu demagogia o tu pericia en el manejo de los sinónimos o de las palabras rebuscadas.
Al hacer descripciones sé lo más parco posible, recuerda que no estás escribiendo literatura, que son las imágenes las que hablarán por ti, no las palabras per sé. No te regodees en describir que en la sala hay 10 cuadros, 15 fotografías, 4 sillones, 3 jarrones. No relaciones algo en concreto a no ser que alguna de esas cosas influya de manera decisiva en la historia: es que en algún momento sólo habrá 9 cuadros, ¡se han robado uno!, eso es otra cosa, pero si no es así puedes decir simplemente que es una sala recargada de cachivaches; ¡déjale algo que hacer a los del área de arte, ambientación o utilería!, cada uno a lo suyo.
Mañana hablaremos de cómo hacer que quieran saber qué pasa en la próxima escena, o mirar la próxima página, o saber si... (el famoso if...)
La espera (Final)
Quién cree que gane las elecciones?
- No lo sé, la verdad es que ninguno vale la pena.
- ¿Me cuida el puesto por favor, mientras voy a buscar un nuevo formato de consignación?, es que llené mal éste.
- Sí, pero el más viejo tiene más experiencia.
- Sí, claro, vaya y no se preocupe, yo se lo guardo.
- Si, pero vaya uno a saber si la experiencia que tiene es en robar, o en hacer bien las cosas.
- ¿Y entonces, por quién va a votar?
- Todavía no lo sé, esperemos a ver con qué salen en estos días.
- ¿Sí sabes que Julita se separó?
- ¿Pero con qué cosa nueva podrían salir?
- ¿Sí?, ¡no te lo puedo creer! Pero si se casó hace apenas seis meses.
- Parece que con el más joven puedo conseguirle un puestico a mi hija menor. La pobre lleva varios meses sin trabajo.
- Sí, pero parece que el marido le salió gay.
- ¿Pero será que sí le cumple?
- ¡Qué pena!, pobrecita.
- No sé, de todas maneras voy a hablar con la gente del viejo a ver qué ofrece.
- ¡El que sigue!
La orden del cajero me sacó de mi escucha estereofónica.
Gracias al cielo, y casi sin darme cuenta, había recorrido los pocos metros que me separaban de la línea de meta. Los 93 minutos de espera ahora parecían nada. Campanas de gloria y timbales de alegría resonaron en mis tímpanos. Coros celestiales cantaban un glorioso Aleluya con cada uno de los pasos que me llevaban por fin hasta la cara sonriente de mi ilustre anfitrión.
Sólo ahora, viendo ese pelo engominado, el reluciente bisel de su reloj enchapado en oro de 18 quilates, esa forma particular de anudarse la corbata roja que sobresalía orgullosa de aquel cuello en “V” del chaleco última moda, pensé por qué había terminado yo en aquella sucursal.
Hora: 2:10 de la tarde. Diagnóstico del tráfico: Caótico. Tiempo de llegada hasta la sucursal en donde estaba registrada la cuenta del cheque que pretendía cambiar: 40 minutos en tiempo normal, e impredecible con la actual situación del flujo vehicular. Tiempo hasta la sucursal más cercana: 10 minutos. Hora de cierre para atención al público: 3 p.m.
Nada que hacer. Aquí estaba yo, acatando la decisión más lógica que me dictó mi intelecto, sobre todo teniendo en cuenta la urgente necesidad de contar con ese dinero hoy mismo.
- Buenas tardes señor – me dijo el cajero extendiéndome la mano para recibir mi necesidad.
Yo también le murmuré un saludo y le entregué el cheque junto con mi identificación. Él lo miró, luego me miró a mí, y después miró la fila que yo acababa de hacer. Miró de nuevo el cheque y otra vez a mí; se desajustó un poco el nudo de la corbata y me dijo:
- Señor, lo siento mucho, en estos momentos estamos sin red, las líneas están caídas y no le puedo hacer efectivo este cheque; y por lo que nos han informado, el servicio sólo se restablecerá hasta mañana, ¿por qué no fue directamente hasta la oficina en donde está radicada la cuenta?
¿Fin?
- No lo sé, la verdad es que ninguno vale la pena.
- ¿Me cuida el puesto por favor, mientras voy a buscar un nuevo formato de consignación?, es que llené mal éste.
- Sí, pero el más viejo tiene más experiencia.
- Sí, claro, vaya y no se preocupe, yo se lo guardo.
- Si, pero vaya uno a saber si la experiencia que tiene es en robar, o en hacer bien las cosas.
- ¿Y entonces, por quién va a votar?
- Todavía no lo sé, esperemos a ver con qué salen en estos días.
- ¿Sí sabes que Julita se separó?
- ¿Pero con qué cosa nueva podrían salir?
- ¿Sí?, ¡no te lo puedo creer! Pero si se casó hace apenas seis meses.
- Parece que con el más joven puedo conseguirle un puestico a mi hija menor. La pobre lleva varios meses sin trabajo.
- Sí, pero parece que el marido le salió gay.
- ¿Pero será que sí le cumple?
- ¡Qué pena!, pobrecita.
- No sé, de todas maneras voy a hablar con la gente del viejo a ver qué ofrece.
- ¡El que sigue!
La orden del cajero me sacó de mi escucha estereofónica.
Gracias al cielo, y casi sin darme cuenta, había recorrido los pocos metros que me separaban de la línea de meta. Los 93 minutos de espera ahora parecían nada. Campanas de gloria y timbales de alegría resonaron en mis tímpanos. Coros celestiales cantaban un glorioso Aleluya con cada uno de los pasos que me llevaban por fin hasta la cara sonriente de mi ilustre anfitrión.
Sólo ahora, viendo ese pelo engominado, el reluciente bisel de su reloj enchapado en oro de 18 quilates, esa forma particular de anudarse la corbata roja que sobresalía orgullosa de aquel cuello en “V” del chaleco última moda, pensé por qué había terminado yo en aquella sucursal.
Hora: 2:10 de la tarde. Diagnóstico del tráfico: Caótico. Tiempo de llegada hasta la sucursal en donde estaba registrada la cuenta del cheque que pretendía cambiar: 40 minutos en tiempo normal, e impredecible con la actual situación del flujo vehicular. Tiempo hasta la sucursal más cercana: 10 minutos. Hora de cierre para atención al público: 3 p.m.
Nada que hacer. Aquí estaba yo, acatando la decisión más lógica que me dictó mi intelecto, sobre todo teniendo en cuenta la urgente necesidad de contar con ese dinero hoy mismo.
- Buenas tardes señor – me dijo el cajero extendiéndome la mano para recibir mi necesidad.
Yo también le murmuré un saludo y le entregué el cheque junto con mi identificación. Él lo miró, luego me miró a mí, y después miró la fila que yo acababa de hacer. Miró de nuevo el cheque y otra vez a mí; se desajustó un poco el nudo de la corbata y me dijo:
- Señor, lo siento mucho, en estos momentos estamos sin red, las líneas están caídas y no le puedo hacer efectivo este cheque; y por lo que nos han informado, el servicio sólo se restablecerá hasta mañana, ¿por qué no fue directamente hasta la oficina en donde está radicada la cuenta?
¿Fin?
La espera (2a parte)
Mi vulnerable condición humana me sacó de mi celestial abstracción. Una gota de sudor que resbaló por mi espalda me produjo un escalofrío extrañamente refrescante en medio de aquel baño de vapor. La camisa comenzó a pegarse a mi espalda. Las axilas rezumaban sudor a borbotones, y desde mi cuero cabelludo resbalaban gotas que perlaban mi frente y mis sienes.
La respiración comenzó a fallarme, me sentía oprimido. La larga fila se retorcía en una sucesión de eses infinitas que cada vez más se parecía a la boa del vaho; la cual, además de impregnarme sus olores, ahora se enroscaba alrededor de mí con sus cincuenta y dos anillos humanos que ahora me separaban de la línea de “espere aquí hasta ser llamado”.
Tenía que pensar en otra cosa.
Cada uno de los seis cubículos de los cajeros se encontraba separado uno del otro por una pequeña división de vidrio de un metro y medio de alto, más o menos; la misma altura y aspecto que tenía la moderna barrera que separaba al “amigo” (nosotros), de cada uno de ellos. Encima de cada cubículo estaba un letrero, en los mismos colores del de la puerta de la caja fuerte, con sus respectivos números consecutivos del uno al seis, anunciando además las supuestas especialidades de cada uno de ellos: pagos, retiros, recaudos; y uno muy exclusivo que decía “Clientes especiales”. Me gustaría saber cuál era la medida que nos separaba de esos.
Como ya dije, de los seis cubículos que se encontraban alineados como meta gloriosa de aquella penosa espera, sólo dos estaban ocupados. ¡Qué curioso!, siempre me he preguntado cuál será la finalidad que buscan los bancos al llenar todo un salón con huecos para cajeros, si nunca tienen ocupados ni la mitad de ellos.
Continuará...
La respiración comenzó a fallarme, me sentía oprimido. La larga fila se retorcía en una sucesión de eses infinitas que cada vez más se parecía a la boa del vaho; la cual, además de impregnarme sus olores, ahora se enroscaba alrededor de mí con sus cincuenta y dos anillos humanos que ahora me separaban de la línea de “espere aquí hasta ser llamado”.
Tenía que pensar en otra cosa.
Cada uno de los seis cubículos de los cajeros se encontraba separado uno del otro por una pequeña división de vidrio de un metro y medio de alto, más o menos; la misma altura y aspecto que tenía la moderna barrera que separaba al “amigo” (nosotros), de cada uno de ellos. Encima de cada cubículo estaba un letrero, en los mismos colores del de la puerta de la caja fuerte, con sus respectivos números consecutivos del uno al seis, anunciando además las supuestas especialidades de cada uno de ellos: pagos, retiros, recaudos; y uno muy exclusivo que decía “Clientes especiales”. Me gustaría saber cuál era la medida que nos separaba de esos.
Como ya dije, de los seis cubículos que se encontraban alineados como meta gloriosa de aquella penosa espera, sólo dos estaban ocupados. ¡Qué curioso!, siempre me he preguntado cuál será la finalidad que buscan los bancos al llenar todo un salón con huecos para cajeros, si nunca tienen ocupados ni la mitad de ellos.
Continuará...
La espera (1a parte)
El postrer calor de aquel mediodía era insoportable. El ambiente estaba enrarecido con olores de perfumes mezclados con sudores multiculturales y raciales que le daban al aire un matiz sulfuroso como el vaho de una boa.
Sesenta y tres personas me acompañaban en la fila de aquella sucursal bancaria. Lo sé porque tuve todo el tiempo del mundo para contarlos en un intento desesperado por encontrar alguna distracción que me sacara del tedio de aquella espera.
La oficina estaba ubicada en pleno centro de la ciudad, en el primer piso de un edificio antiguo que había sido remodelado de acuerdo con los cánones modernos para ese tipo de establecimiento. La fachada era totalmente de vidrio, con lo cual se buscaba que los peatones encontraran un alivio a su azaroso ir i venir, viendo en aquella enorme pecera humana cómo sí era posible que existieran otro congéneres aún más angustiados y más desdichados que ellos que podían por lo menos descargar sus malas energías yendo de un lado para otro, compadeciéndose de aquellos que como yo debían sufrir la tortura de poner a prueba su paciencia y su tolerancia.
Las otras tres paredes no tenían nada de especial. En todas colgaban avisos con las bondades financieras del banco, de sus caritativas tasas de interés para préstamos de “libre inversión” que siempre estaban buscando el bienestar y la opulencia “de nuestros amigos, porque para nosotros usted es mucho más que un cliente”.
-¡Qué reconfortante!- pensé, mientras seguía recorriendo con la mirada aquella hermosa galería con fotos de electrodomésticos, coches y gente feliz que me miraba con tanta alegría retratada en sus ojos de papel pintado, demostrándome que yo sí estaba en el paraíso; que aquella larga fila era sólo un purgatorio momentáneo en donde reparaba mis faltas contra el siempre bondadoso sistema monetario, pero que en cuanto llegara ante San Cajero sonarían voces y campanas celestiales que me harían seguir al paraíso prometido a través de aquella enorme puerta de acero con timón de barco pirata que se veía justo en la pared situada detrás de las seis sillas de los santos y abnegados contadores de ilusiones ajenas.
Pero algo me sobresaltó, y fue el aviso de letras púrpuras esculpido sobre plástico verde que se encontraba exactamente al lado, en la parte superior izquierda de la puerta, que rezaba: “Esta entrada tiene temporizador y no podrá ser abierta sino en las horas programadas”.
¡Ah, carajo!, ¿y si yo llegaba justo en la hora NO programada? Con angustia miré la hora que había en el reloj al lado del aviso; qué amables, volví a pensar, siempre preocupándose por nuestras necesidades. Eran las 2:55, sólo habían transcurrido cuarenta y ocho minutos desde mi llegada y ya había podido avanzar más de dos metros y medio, sólo me restaban algo más de seis; porque, aclaro, he dicho que había seis puestos, pero se me pasó por alto mencionar que sólo estaban ocupados dos de ellos, ¿los otros cuatro cajeros? Sabría Dios…
Continuará...
Sesenta y tres personas me acompañaban en la fila de aquella sucursal bancaria. Lo sé porque tuve todo el tiempo del mundo para contarlos en un intento desesperado por encontrar alguna distracción que me sacara del tedio de aquella espera.
La oficina estaba ubicada en pleno centro de la ciudad, en el primer piso de un edificio antiguo que había sido remodelado de acuerdo con los cánones modernos para ese tipo de establecimiento. La fachada era totalmente de vidrio, con lo cual se buscaba que los peatones encontraran un alivio a su azaroso ir i venir, viendo en aquella enorme pecera humana cómo sí era posible que existieran otro congéneres aún más angustiados y más desdichados que ellos que podían por lo menos descargar sus malas energías yendo de un lado para otro, compadeciéndose de aquellos que como yo debían sufrir la tortura de poner a prueba su paciencia y su tolerancia.
Las otras tres paredes no tenían nada de especial. En todas colgaban avisos con las bondades financieras del banco, de sus caritativas tasas de interés para préstamos de “libre inversión” que siempre estaban buscando el bienestar y la opulencia “de nuestros amigos, porque para nosotros usted es mucho más que un cliente”.
-¡Qué reconfortante!- pensé, mientras seguía recorriendo con la mirada aquella hermosa galería con fotos de electrodomésticos, coches y gente feliz que me miraba con tanta alegría retratada en sus ojos de papel pintado, demostrándome que yo sí estaba en el paraíso; que aquella larga fila era sólo un purgatorio momentáneo en donde reparaba mis faltas contra el siempre bondadoso sistema monetario, pero que en cuanto llegara ante San Cajero sonarían voces y campanas celestiales que me harían seguir al paraíso prometido a través de aquella enorme puerta de acero con timón de barco pirata que se veía justo en la pared situada detrás de las seis sillas de los santos y abnegados contadores de ilusiones ajenas.
Pero algo me sobresaltó, y fue el aviso de letras púrpuras esculpido sobre plástico verde que se encontraba exactamente al lado, en la parte superior izquierda de la puerta, que rezaba: “Esta entrada tiene temporizador y no podrá ser abierta sino en las horas programadas”.
¡Ah, carajo!, ¿y si yo llegaba justo en la hora NO programada? Con angustia miré la hora que había en el reloj al lado del aviso; qué amables, volví a pensar, siempre preocupándose por nuestras necesidades. Eran las 2:55, sólo habían transcurrido cuarenta y ocho minutos desde mi llegada y ya había podido avanzar más de dos metros y medio, sólo me restaban algo más de seis; porque, aclaro, he dicho que había seis puestos, pero se me pasó por alto mencionar que sólo estaban ocupados dos de ellos, ¿los otros cuatro cajeros? Sabría Dios…
Continuará...
Sólo vi ruinas
Sólo vi ruinas, y lloré.
La maleza cubría lo que antes fueran calles; la yerba subía a las aceras como espumas verdes de mar, de un mar triste, de un mal mar. De las antiguas paredes de las casas de barro amasado con boñiga, sobresalían las varas de bahareque como dedos carcomidos buscando rascarle la barriga al cielo. Eso era todo, no había más.
¡Oh, sí; Perdón! Sí había otra cosa. Soledad. Y como queriendo arrancar de mi alma el estúpido sentimentalismo que me embargaba, volví a mirar. Esta vez más despacio y con más calma...
Pero sólo vi ruinas, y lloré.
Y maldije y me maldije por ser tan frágil. ¿No me había enseñado el mundo que los fuertes no lloran?, ¿qué los sentimientos son sólo la puerca basura de los incapaces, de los perdedores? Respiré profundo, contraje el alma en la garganta, la arrastré despacio hasta adormilarla en el cuenco suave de mi lengua y luego, estrangulando los pulmones, abrí los labios y la mandé lejos. Pero luego abrí los ojos y miré al mundo...
Y sólo vi ruinas, y lloré.
La maleza cubría lo que antes fueran calles; la yerba subía a las aceras como espumas verdes de mar, de un mar triste, de un mal mar. De las antiguas paredes de las casas de barro amasado con boñiga, sobresalían las varas de bahareque como dedos carcomidos buscando rascarle la barriga al cielo. Eso era todo, no había más.
¡Oh, sí; Perdón! Sí había otra cosa. Soledad. Y como queriendo arrancar de mi alma el estúpido sentimentalismo que me embargaba, volví a mirar. Esta vez más despacio y con más calma...
Pero sólo vi ruinas, y lloré.
Y maldije y me maldije por ser tan frágil. ¿No me había enseñado el mundo que los fuertes no lloran?, ¿qué los sentimientos son sólo la puerca basura de los incapaces, de los perdedores? Respiré profundo, contraje el alma en la garganta, la arrastré despacio hasta adormilarla en el cuenco suave de mi lengua y luego, estrangulando los pulmones, abrí los labios y la mandé lejos. Pero luego abrí los ojos y miré al mundo...
Y sólo vi ruinas, y lloré.
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