El Logos, el Pathos y el Ethos

En alguna ocasión me hablaron de estos tres términos en relación con la narrativa, y debo decir que no entendí mucho la idea, razón por la cual hoy me lanzo a la aventura de tratar de hacerlos comprensibles, así que cualquier opinión o inquietud que tengas estaré gustoso de recibirla a través de la opción de Comentarios. Pero bueno, no demos más vueltas y empecemos, ¿qué son entonces el Logos, el Pathos y el Ethos?

Estos son los tres elementos fundamentales que nos plantea Aristóteles como métodos de persuasión de la Retórica, entendiendo a esta como “un sistema de reglas y recursos que actúan en distintos niveles en la construcción de un discurso”, y los cuales “están estrechamente relacionados entre sí y todos ellos repercuten en los distintos ámbitos discursivos”.

Para nuestro caso, la Retórica y sus tres elementos se convierten en parte fundamental al momento de la creación y construcción de nuestras historias, ya que tales principios son los que permiten el engranaje armónico de nuestra narración.

Por una parte entendemos al Logos como la argumentación o el discurso, es decir, como la palabra meditada, razonada; lo cual, adaptado o entendido en términos dramatúrgicos, es la organización clara y fluida, ordenada y coherente de nuestro discurso narrativo para poder llegar con éxito a la exposición de nuestro Ethos.

¿Y qué es el Ethos?, pues nada más ni nada menos que la razón primordial, básica y fundamental por la cual escribimos: es lo que queremos decir.

Entonces vemos cómo, si invertimos el orden anterior Logos – Ethos, si partimos inicialmente de la necesidad básica de todo narrador, de todo inventor de historias; si partimos de su imperiosa necesidad de decir algo, si partimos del Ethos, nos vamos a encontrar con la primera exigencia narrativa al momento de escoger la forma de organizar nuestro Logos, nuestro discurso, y ello es descubrir cuál es el mejor Pathos para transmitir nuestro Ethos.

Ahora entonces, ¿qué es el Pathos? Pues el Pathos es “el uso de los sentimientos humanos para afectar el juicio de un jurado”, y en nuestro caso es el drama. Sí, el drama, poca cosa ¿no?, pues resulta que el Pathos es la vida de nuestra historia, es la acción; es el conflicto que va generando los acontecimientos que impulsan nuevas acciones y ponen en funcionamiento la máquina narrativa.

Entonces, a modo de resumen, o de esclarecimiento de la idea, tenemos que para crear un discurso, una historia, partimos siempre de una necesidad de decir algo, ya que sin esta necesidad lo ideal es permanecer callados; y que habiendo descubierto esa necesidad, ese querer decir algo, o eso que queremos decir (Ethos), pasamos entonces a escoger la mejor forma de organizar el discurso (Logos) de manera que las acciones (Pathos) generen la suficiente atracción y motivación para que nuestro público objetivo se enganche y pueda captar de la mejor manera nuestra idea, cerrando de esta manera un ciclo perfecto de la Retórica: La exposición de una idea a través de la organización dramatúrgica de unas acciones (Logos – Ethos – Pathos).


Nota: Los enunciados entre comillas fueron tomados de Wikipedia, “la enciclopedia libre”.

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Perro viejo late echado

Poco a poco la vida me ha ido enseñando que no es el tiempo el que es escaso, sino nuestra acelerada angustia la que nos mata el tiempo.

No sé cuándo ocurrió ni cómo exactamente, pero hubo un momento mágico y reciente en el que me di cuenta de que el tiempo ya poco me importaba; o por lo menos no de la forma como hasta hace poco lo hacía. Me di cuenta con miedo, casi con pánico al principio, que era porque estaba cruzando el umbral del que siempre me burlé y hasta menosprecié. Me di cuenta que mis canas no eran el resultado solamente de una herencia genética, sino que me estaban indicando que los años habían pasado.

Y repito, el miedo fue enorme, porque sentí en un ramalazo inicial de insensatez que la vida se me estaba acabando; que el tiempo me estaba castigando por la prepotencia de mis años mozos; pero poco a poco fui comprendiendo que al contrario de mis prevenciones, no los estaba dejando, sino que estaba llegando al fin al umbral de los mejores años.

Me di cuenta de que lo que antes fue un frenético nado en las aguas de la vida, en donde lo único que importaba era el sólo hecho de avanzar, revolviéndolo todo a mi paso y levantando un fangal que impedía ver más allá de mi nariz; ahora se había convertido en un suave viaje en el que, sin perder de vista las metas, ahora lo que me importaba era el disfrute de ir observando a cada brazada la hermosura en el fondo del estanque.

Me di cuenta que ahora, cuando el reloj no es quien marca el paso de mi tiempo, es cuando he empezado a ser más productivo. Ahora, cuando me importa un bledo lo que dicten la moda o las tendencias momentáneas, es cuando he empezado a disfrutar con verdadero e inmenso placer de cada uno de los atuendos que se me da por ponerme.

Ahora me he dado cuenta de que lo que iba a hacer, ya lo hice; y si no lo hice ya no lo haré, así que qué más da. Ahora me divierto y me río solo descubriendo los errores infantiles del pasado; amando los recuerdos de los seres que encontré en mi camino; dando gracias por todas las caídas y afanes anteriores, porque sin ellos no habría aprendido a levantarme y a darme cuenta de lo que soy capaz.

Ahora prefiero un buen trago, uno, pero del bueno, al lado de una grata compañía y de una conversación inteligente y divertida. Ahora me tomo el tiempo para escribir cosas como esta y, sobre todo, saber que las comparto con gente como tú.

“Gracias a la vida, que me ha dado tanto…”

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¿Poner o colocar? Esa es la cuestión

He tratado de quedarme callado cada vez que oigo a alguien utilizando el verbo colocar en lugar del hermoso y correctísimo poner; sin embargo, lo que más me embejuca es la excusa o la justificación de tan descabellado reemplazo:

“Es que las únicas que ponen son las gallinas”

Y lo peor es que tal estupidez se escucha en boca de “eminentes” comunicadores y altos representantes de nuestra sociedad; de locutores y comentaristas deportivos, que la defienden con tal convencimiento, que no existe nada en este mundo que los haga cambiar de opinión o colocarse colorados por tal desatino.

Es así como, en el colmo de la “culta ignorancia”, escuchamos por ahí algunas burradas como las siguientes, en las que nos hace caer en cuenta Soledad Moliner:

"Me coloca al borde de la quiebra"
"A la bebé la colocaron Valentina"
"Eso me colocó a pensar"
"Ella se colocó brava"
"La debo colocar en práctica"
"Esta tarjeta es para que no le coloquen problemas al entrar"
"Me colocó en ridículo"
"Voy a colocar la queja"
"Esas cosas me colocan nervioso"
"No pude asistir, porque mi mamá se colocó enferma"

No quiero parecer demasiado crítico, ni dármelas de máster idiomático, porque no lo soy; aunque acudo a tu tolerancia para que aceptes que me desahogue de esta manera y me des la oportunidad de lanzar este grito que ya no puedo contener más. Es por eso, porque no soy tal maestro, que comparto contigo estas palabras de la misma Soledad Moliner:

“Parte del encanto de una lengua son sus matices. Colocar es un matiz de poner, así como guisar es una precisión de cocinar. Por eso no son sinónimos, y a menudo es una barbaridad sustituir "poner" por "colocar".

En su acepción más amplia, según don Rufino J Cuervo, colocar es "poner en el lugar debido". La Real Academia dice algo semejante. Así, pues, colocar no es simplemente poner, sino poner donde corresponde. De manera que nadie se coloca colorado, ni enfermo. En cambio, aquella lamparita hay que colocarla en la mesa roja, porque en la verde se ve mal.

Otras dos acepciones específicas de colocar: 1) Invertir dinero, acciones o valores ("Coloqué plata al tres por ciento"). 2) Acomodar a una persona en un empleo ("Mi hermano se colocó en el Senado").

Como norma general, evite el uso de "colocar" y juéguesela con "poner": hay menos posibilidades de meter las patas y ponerse colorado.

Además, conviene hacerlo ya mismo, antes de que el virus contamine a toda la familia: "Hay que poscolocar la cita", "No es bueno antecolocar los intereses personales a los de la patria"”.

Por último, quiero compartir contigo que las acepciones del verbo colocar son cinco, y las del verbo poner son CUARENTA Y CUATRO; así que, amigo mío, cuando escuches a alguien utilizando “burrísticamente” el colocar en lugar del gallardo y fabuloso poner, por favor, hazle caer en cuenta de su infantil error, y hazlo con la plena convicción de estar haciéndole un bien a nuestro idioma.

¡Ah!; y por favor, hazlo… ¡sin colocarte colorado!

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Michael Jackson, in memorian

Michael Jackson, todos hablan de él como si lo conocieran. Unos lo idolatran y otros lo menosprecian, y hasta lo odian; pero ninguno podrá negar nunca que él cambió la forma de hacer música.

Su forma de bailar y presentar su música influyó a todos los artistas surgidos desde su época y hasta mucho más allá de los días que están por venir.

Yo, un jovencito nacido en un pequeño y remoto pueblo en donde nunca se oía música en un idioma diferente al español, tengo que reconocer que me impactó aquella noche en la que vi a un ser especial bailando sobre unas baldosas que se iluminaban a medida que él pasaba por ellas.

Yo soy, y lo digo sin ocultarlo y hasta con orgullo, que lo admiro. Él me demostró lo que se puede hacer cuando se cree en el talento propio; aunque también es mi referente para ver lo que es capaz de hacer con un ser humano una sociedad a la que le gusta solazarse con el dolor de los demás.

Michael Jackson, y a muchos se les olvida, más allá del verdadero artista que era, fue un ser humano; y que como ser humano se enfrentó desde una infancia temprana a las fauces de una sociedad rencorosa y vengativa. Una sociedad que desde el principio lo miro como un niñito “negro” con una grande y chata nariz de negro. Una nariz con la que nunca pudo sentir que satisfacía la “perfección” establecida y exigida por esa sociedad.

Una infancia arrebatada y a la que siempre quiso aferrarse poniendo el alma en ello. Un ser humano que amaba a los niños (y no lo digo con la sorna con la que otros lo dirán), porque para mí, siempre será inocente de todo ello, ya que su mente aferrada a esa infancia robada no podría nunca pensar en las cosas de las que algunos, buscando sólo un provecho económico, lo acusan por el sólo hecho de ser quien era.

Estas son palabras escritas con el tremor que me produce la reciente noticia, aún sin terminar de confirmarse, de su muerte. Si es así, adiós al rey del pop. Siempre serás un referente, siempre habrá quien retome tus banderas de save the children, tus ideales de save the world.

God save the king.

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Mi madre

Mi madre, mi mamá como siempre le dije, y le diré aún cuando hoy ya no está conmigo, me inculcó en la sangre y en los tuétanos desde el mismo inicio de mi existencia el amor por los libros.

Por eso soy quien soy, un pequeño ratoncito de biblioteca, y feliz de serlo.

Hoy, cuando ya en la mente de algunos se ha desvanecido ese día que todos celebran con algarabía como “el de las madres”, y desde ahí hasta hoy ni le han devuelto una llamada a su viejecita, yo aprovecho para recordar a la mía, a mi amá.

Este es uno de sus poemas, en donde, al hablar de las madres, me dio a mí también las palabras para dedicarle a ella y a todas las madres del mundo su poema.

Para todas ellas, madres del mundo, este poema de mi mamá.

Mi Madre

Tiene en sus ojos la redondez del mundo
son sus canas las nubes de verano
noche de luna tiene en su mirada
y en la boca una plegaria

Su risa es un arpegio de mil cuerdas
por mil ángeles tocada.
Su reposo cuando está cansada,
es suave brisa perfumada,
sus manos son la fuerza
y la ternura entrelazadas.
Su virtud es mástil y vela de mi nave.

Su voz, la nota dulce
del cantar de los cantares.
su dolor es lo amargo
y lo profundo de los mares.
Su presencia es un oasis en mi Sahara.
Su entrega, la poesía de todo verso,
y su amor, ¿a qué se le compara
si ella es el universo?
Su amor debe ser
el corazón de Dios.

Un poema de Alicia Armenta protegido por las leyes de Derecho de Autor. Su contenido no podrá ser publicado sin la autorización expresa de este sitio.

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Hay días en los que somos tan…

Sí, hay días en los que somos tan lúgubres, tan lúgubres, que hasta una puesta de sol nos resulta triste, una palabra no tiene valor y el amor nos importa un comino.

Pero hay días en los que, aunque no haya sol, todo pensamiento enciende la ilusión y la vida se llena de cosas hermosas.

Hasta las serenas gotas que golpean la tranquila hoja de un árbol nos llenan de paz y su constante tintineo, reventando en pequeñas gotas, parecen coronar su verde tez con chiquititas coronas de cristal.

Hay días en los que somos capaces de robarnos sin color en las mejillas las palabras de un gran poeta para decirle al otro que lo amamos, y hoy es un día de esos; y por eso, con todo lo que soy apretujado en dos palabras, te digo sin ambages y poniendo en ello lo que soy, que te amo.

Porque hoy es un día de esos…

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El temor a la página en blanco

La mayoría de escritores decimos sentir un temor reverencial ante la página en blanco. La vemos como una figura amenazante y aterradora, capaz de devorar nuestras ideas sin compasión ni remordimiento.

A veces es tan grande el temor, que nos levantamos después de mucho tiempo frente a ella sin por lo menos haber escrito un garabato; y pasan días en los que la evitamos, en los que no nos atrevemos siquiera a pasar por su lado.

Hoy en día, cuando la mayoría de los que nos dedicamos a escribir lo hacemos en programas informáticos, encendemos el computador con la firme convicción de que “hoy sí”, hoy será el día en el que venza mi propia reticencia y mis temores y me lance de lleno a una nueva y hermosa aventura narrativa… y no, ese día tampoco fue.

¿Por qué?, fue la pregunta que me hice una vez. ¿Por qué ese temor, por qué a veces me aterra ese marco vacío frente a mí?

Lo primero que se me vino a la mente fue la idea de que simplemente era una falta de voluntad, una falta de compromiso hacia una causa que podía estar considerando, tal vez, improductiva.


Sin embargo después lo pensé mejor, le seguí dando vueltas a la idea en mi cabeza (casi las mismas vueltas que daba alrededor de la hoja en blanco que en la pantalla del computador con una línea negra titilante retaba desafiante a mi voluntad), y poco a poco llegué a la conclusión de que la cosa pasaba más por la idea de un posible temor al fracaso, de un no poder estar a la altura de mis expectativas, de llegar al final a entender que no era yo lo que yo mismo creía de mí, y eso, no te miento, fue un golpe duro, contundente, fulminante; y apagué el aparato, “maté” a ese maldito cursor que sin ambages se atrevía a enfrentarme contra mis propias debilidades.

Y pensé que descansaría por fin, pero no fue cierto, porque después de eso aquel cursor titilante siguió indemne su trepidar perpetuo en mi cerebro. Me acechaba detrás de cada pensamiento; a veces burlón, a veces cáustico… a veces triste.

Hasta que no pude más y mis dedos, como una prolongación de mis necesidades, se atrevieron a tocar por fin las piezas negras del teclado y en un desenfreno loco comenzaron a perseguir a ese cursor malicioso con un desfile de letras amontonadas en un no sé qué lleno de frenesí y desparpajo.

Al final, cuando la pasión y la locura dieron paso a la cordura después de un desahogo que se escapó a borbotones por mis manos, pude por fin darme cuenta de lo que había hecho, y contrario a lo que siempre pensé, no sentí temor ni responsabilidad, porque supe que lo que había puesto en esa hoja ex nívea era ni más ni menos que la esencia misma de mí mismo, y me sentí libre.

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El mundo inalterado, o el comienzo de toda historia

Todo está en calma, nada extraño ocurre. El viento agita las ramas de los árboles con una suavidad que apenas alcanza a refrescar la noche, hasta que un “algo” aparece y todo a su alrededor se vuelve caos…

Así podría empezar; perdón, así debe empezar toda historia, aunque alguno me dirá que no necesariamente, ya que si lo quisiera podría empezar con ese “algo” arrasando con todo a su paso sin que para ello mediara ninguna calma anterior, y que con ello, además, le imprimiría un golpe de entrada (un teaser que llamarían los cineastas), que generaría emoción inmediata.

Pero ello no sería tan cierto, ya que aunque así empezara, de todas maneras eso me indicaría simplemente que yo como escritor decidí dejar de lado una información que no creí necesaria transmitir, que recurrí a la utilización de una elipsis, ya que queda por sentado que antes de que apareciera “eso” todo debió estar en calma, porque la única justificación de toda aventura es la de resolver cualquier conflicto o circunstancia que halla alterado la paz y la tranquilidad de ese mundo o estado inicial.

Veámoslo desde este otro punto: para generar una historia dramática debemos tener siempre un personaje al que lo mueve una motivación para alcanzar un objetivo, pero que en ese camino se encuentra con un elemento conflictivo que le impide lograr su cometido y al cual por ende debe enfrentarse para vencer o ser vencido.

Personaje Motivación Objetivo Elemento conflictivo

De allí deducimos que fue la motivación la que generó en el personaje su decisión de alcanzar un objetivo, motivación sin la cual no tendría nada qué desear ni nada por lo cual o contra qué luchar; es decir, que de no existir esa motivación todo en la vida del personaje seguiría transcurriendo en calma, o por lo menos en una corriente monotonía.

Entonces podemos deducir que el objetivo de toda aventura narrativa es la de devolver la compostura a un elemento o universo que por alguna circunstancia ha sido alterado, y que para poder demostrar que todo ha vuelto a esa normalidad debemos saber cuál ha sido esa “normalidad” desde la cual hemos partido; normalidad que dicho sea de paso nunca será igual a la inicial, ya que siempre habrá algo que se ha alcanzado o ganado, o algo que se ha perdido, o ambas circunstancias a la vez.

Entonces tenemos que en el inicio de toda historia parte de un universo sin alteración, un mundo en calma, un espíritu sin vicisitudes; el cual por circunstancias propias de cada historia se verá estremecido, tocado, amenazado o movido por un acontecimiento o elemento contra el cual deberá luchar, ya sea para alcanzar un objetivo o un deseo o para derrotar una amenaza, y que dependiendo de cuál sea su elemento conflictivo y su lucha, deberá comportarse reactiva o proactivamente.

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Raúl Gómez Jattin está de cumpleaños

Ya en una oportunidad anterior había contado con la colaboración de mi amigo Rafael Cardozo, un gran actor, dramaturgo y director de teatro, y quien actualmente está escribiendo una obra sobre la vida de este importante poeta colombiano. Por eso hoy, aprovechando que se celebra por parte de los seguidores de Gómez Jattin un año más de su nacimiento, he querido pedirle a Rafael una nueva y corta reseña sobre el poeta, al final de las cuales encontrarán uno de sus poemas. Estas son las palabras, a manera de homenaje, que ha escrito Rafael, espero que las disfruten.


"Artista de sí mismo, hijo de la pasión y de la aventura. Su extraordinaria personalidad y su poesía hicieron más que especial la vida de Raúl Gómez Jattin. De su vida existen y transitan un sinnúmero de publicaciones que cuentan entre la verdad y el mito, a manera de biografías, relatos o crónicas, su novelesca, apasionante y desgarradora historia.

Raúl Gómez Jattin nació en Colombia en la ciudad de Cartagena el 31 de mayo de 1945, y creció en Cereté Córdoba, a la orilla del rio Sinú. Murió al amanecer del 23 de mayo de 1997 cuando un carro fantasma lo mató en una céntrica y peligrosa avenida de su ciudad natal.

El destino no se compadeció con su sublime personalidad y lo arrojó sin consideración al infierno de la locura, a la calle como mendigo, en medio de la ruina y el rechazo. ¡Lamentable tragedia la vida de Raúl Gómez Jattin! ¡Su muerte horrible desenlace!

Su vida, rica en pasión, poesía y sufrimiento, fue la de uno de esos ilustres desventurados que vino a hacer en este bajo mundo el rudo aprendizaje del genio entre las almas inferiores.

A su tormentoso paso por este mundo lo sobrevive su obra poética, basada en las obsesiones de su existencia, llena de personajes, situaciones y escenarios; la cual gana cada vez más seguidores, estudio y divulgación. Raúl Gómez Jattin es hoy en día un poeta de culto.

A continuación les dejo uno de sus poemas, uno que permite, tal vez, entender un poco su... ¿locura?"

ME DEFIENDO

Antes de devorarle su entraña pensativa
Antes de ofenderlo de gesto y de palabra
Antes de derribarlo
Valorad al loco
Su indiscutible propensión a la poesía
Su árbol que le crece por la boca
Con raíces enredadas en el cielo
El nos representa ante el mundo
Con su sensibilidad dolorosa como un parto.

Raúl Gómez Jattin.

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La montaña rusa

Recuerdo cuando decía “yo nunca me montaré en una montaña rusa”, y la verdad es que casi no lo hago; pero pudo más un ego lastimado que mi propio instinto de supervivencia.


¿Recuerdan, los que puedan hacerlo, cuál era la única forma de que Marty aceptara un reto cuando lo desafiaban en “Volver al futuro”?, simple y llanamente que lo llamaran “gallina”.

Así es, y yo me sentí Michael J. Fox cuando, estando parado ya justo en la entrada de la atracción, dije que no me montaba en la montaña rusa y mis amigos comenzaron a decirme de todo, hasta que a uno de ellos se le ocurrió llamarme “gallina”; y no necesité más, porque sacando valor de donde no tenía decidí recuperar mi hombría maltrecha, y les dije que ahora sí iban a ver de lo que yo era capaz, así que con el corazón a mil y las piernas de gelatina comencé el largo recorrido que me llevaría hasta aquel carrito endemoniado.

Aunque lo que yo no sabía era que ese recorrido era nada comparado con lo que venía. Primero escuché el sonido del aire comprimido que soltaba las amarras de seguridad de los que me antecedieron en el viaje, y mientras ellos se alejaban por el otro lado, por mi costado se subían sensaciones de terror a mi pecho. “Todos arriba” fue la orden de uno de mis amigos al tiempo que se subía en el carricoche como si de un caballo a punto de entrar en batalla se tratara. A mí me empujó no sé quién y me vi sentado en una de las sillas, hasta que en menos de tres segundos escuché de nuevo el sonido del aire comprimido y una banda me cercó el pecho. ¡Gracias a Dios era lo suficientemente abultada para que mis vecinos no pudieran ver mi rostro pálido y sudoroso!

Un primer “tac” fue el indicativo de la puesta en marcha, y mientras el sonido se repetía una y otra vez, entendí por fin cuál era realmente la parte más aterradora de una montaña rusa, porque no es el descenso infernal en el cual sientes que te falta el aire y la sensación de vacío no te deja respirar; no, no es eso. Como tampoco lo es cuando pareciera que el mundo entero se viene a estrellar con tu pobre humanidad, ni cuando el bamboleo inmisericorde te manda de un lado a otro sin compasión. No, no es nada de eso.

Es simple y llanamente ese lapso que transcurre desde el momento de la salida hasta alcanzar el punto más alto de la montaña. Sí, ese que pareciera ser en cámara lenta, con su fluido y constante “tac, tac” que te va taladrando el cerebro, que así como va remontando el trencito hacia los cielos, también te va subiendo la adrenalina, y te va dejando saber con sádica lentitud desde dónde te va a dejar caer, y te va mostrando cómo se empequeñece el mundo bajo tus pies, y te va dejando sentir que sí eres una gallina, y encima de todo una gallina que, como todas, no sabe volar, ni tiene súper poderes para escapar de allí, ¡oh pobre idiota!, pobre insensato que creyó ser más fuerte que su yo, hasta que sientes cómo te dejan caer y juegan con tus emociones “como juega el gato maula con el mísero ratón”.

¿Y sabes qué es lo peor?, que te termina gustando, porque de allí en adelante repetí esas sensaciones en todas y cada una de las montañas rusas que me encontré en mi camino, al fin y al cabo es una forma de enfrentarme a mí mismo, a mis debilidades, y salir vencedor en cada batalla, ¿y a ti, te gustan las montañas rusas?

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El porqué de una estructura narrativa

Cuando comenzamos a comunicarnos, allá por los primeros días (u horas) de nacidos, lo primero que aprendemos es que existen unos códigos por medio de los cuales los demás podrán entender mejor lo que les queremos decir, lo que queremos expresar; y a medida que crece nuestra talla y nuestro entendimiento nos vamos apropiando de esos signos y formas para comunicarnos con los demás.

A esos signos y formas los comenzamos a llamar lenguaje, ya sea este de una forma verbal o escrita o corporal o de otro tipo, y entendemos que el entorno que nos rodea capta mejor o peor nuestros mensajes en la misma medida en la que utilicemos adecuada o inadecuadamente esos lenguajes, y que conste que no digo en ningún momento que se le utilice correcta o incorrectamente, eso es otra cosa.

Así que sin siquiera razonarlo, porque la vivencia misma nos lo hace palpable, comenzamos a vivir en un mundo regido por códigos de comunicación. Códigos y formas que en su conjunto se convierten en una estructura mental gracias a la cual se evita el caos comunicacional y se integran entendimientos que lleven a la unidad (lo cual incluye acuerdos y desacuerdos) de una misma sociedad.


Y es gracias a esa estructura comunicacional que se pueden transmitir los conocimientos de generación en generación y se pueden valorar, catalogar, discernir y sopesar esos conocimientos dentro de una misma generación.

Y así llegamos a una parte específica de ese entorno comunicacional, el que le corresponde a los narradores, a los contadores de historias, a los transmisores de conocimiento o divertimento; y nos encontramos con que algunos de ellos quieren olvidar de plano todo este concepto, porque no quieren caer en “clichés” que deformen o amarren su proceso “inspirador”, y es ahí en donde debo opinar que están equivocados, porque creo que olvidan de plano todo lo que significa y conlleva la responsabilidad de un comunicador, la cual va más allá de alimentar egos individuales que sean “valorados” por unos pocos “cultos” y debe trascender a la mayoría para poder así transformar o afianzar una cultura.

No digo que no existan formas personales de transmitir las necesidades creativas, sino que todo aquél que quiera narrar sus historias y trascender con ellas, no debe nunca olvidar, ni mucho menos desconocer, la importancia de la estructura narrativa como elemento catalizador y unificador de los procesos comunicacionales, gracias a la cual sus potenciales seguidores puedan argumentar o discutir sus pensamientos.

Puede ser que después de conocer las diferentes formas estructurales quiera lanzarse a crear su propia forma de comunicación y olvidar de plano siglos de codificación, perfecto, eso lo respeto, pero si las tacha de plano sin conocer su funcionalidad simplemente para darse unas ínfulas de semidiós, es allí en donde entramos en conflicto, porque lo importante de un pensamiento no está sólo en la forma en cómo lo transmito, lo cual debo hacer a través de un medio en el que todos aquellos a los que me dirijo entiendan (a no ser, repito, que lo que pretenda sea que algunos pocos seudointelectuales me tilden de Maestro por el simple hecho de no entenderme), sino en el fondo de dicho mensaje, en su esencia, lo cual es generalmente lo que no tienen aquellas historias que se formaron despreciando las formas estructurales y necesitaron de retruécanos y malabares que les hiciera parecer más importantes de lo que en realidad eran, ya que una idea fuerte, profunda y verdadera cobra brillo cuando se transmite a través de un código generalmente aceptado y universalmente entendible, el cual está representado nada más y nada menos que por las estructuras narrativas que hemos utilizado como seres humanos desde que pintábamos en las cavernas.

Lo importante de una idea no es su creador, sino la idea misma, y si ella no es transmitida correctamente de nada importan ni su creador ni ella.

También puedes leer: Manejando el conflicto y Haciendo avanzar la historia

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Las cabañuelas

"Ya llega enero y estrenando el año, rostros alegres de esperanza, sueñan; y comparé, mi sentimiento con las cabañuelas…”

Así comienza un vallenato (música folclórica de mi Colombia), y así quise también empezar este nuevo año; llenando mis sueños de esperanza, metiendo en las cabañuelas de esta nueva etapa todas las ilusiones de lo que está por venir.

Hoy quiero compartir contigo, y que te unas a mí, a no dejar de lado los sueños, que son al fin y al cabo el combustible que nos permite vivir; o por lo menos vivir lo que somos, ya que son ellos los que nos dan las ganas de vivir, los que nos definen.

Cada uno tiene los suyos, son los que nos hacen diferentes, y lastimosamente algunos, o casi todos (sino todos), hemos tenido que olvidarlos en alguna etapa de nuestra vida para poder suplir las necesidades básicas de nuestra materia, para terminar descubriendo después, y algunas veces demasiado tarde, que nos pasamos la vida supliendo esas necesidades y nos perdimos la verdadera vida que nos correspondía.

Está empezando un año, el mismo que se irá antes de que el gallo cante tres veces, y espero, anhelo, que no tengas que hacer como san Pedro… pedir(te) perdón por haber olvidado tus promesas.

La mía, mi promesa, es seguirte acompañando con estas notas todo este año, y compartiendo contigo las pocas cosas que sé, y te pido que me acompañes, y que ojalá compartas también conmigo las cosas que tú sabes. Recorramos juntos un camino de hermandad, de conocimiento y de amor por las letras, por las historias. Historias que a fin de cuentas son las que van formando nuestra existencia, ¿o qué seríamos si no tuviéramos una historia para contar?

Te dejo por hoy, ya nos volveremos a “ver” en una nueva nota, y quiero cerrar como abrí, con una parte del vallenato “Las cabañuelas”, que cantan Los Hermanos Zuleta:

“…se desbordó el silencio, y se escucha un eco de felicidad… esas son las cabañuelas de un hombre enamorado, que sueña que se le olviden sus penas, que anhela que este por fin sea su año…”

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Feliz Navidad y próspero año nuevo

Que la alegría de estos días inunde tu corazón, y que los años por venir estén llenos de felicidad y de metas alcanzadas, son los deseos de este amigo que te queda siempre agradecido por tu visita y espera contar de nuevo con ella en los días del año que se aproxima.

De todo corazón, brindo contigo por una
Feliz Navidad y un Próspero y Venturoso Año Nuevo.

¡Salud!

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El abdominal transverso y la narración de historias

Debajo de todo ese entramado de “cuadritos” musculares que tanto se precian de tener los físico culturistas, hay un músculo al que casi ninguno le pone atención, precisamente porque no se ve, así que se olvidan de él y hasta lo menosprecian, porque piensan que su ejercitación no vale la pena, total, nadie se va a dar cuenta…

Y es sólo cuando, después de un largo tiempo de esfuerzo por aplanar su barriga para tener un abdomen de lavadero (ver la nota La creación de historias y el síndrome de los abdominales) se dan cuenta de que sí, lograron tener esos abdominales para mostrar, pero siguen con una zona abultada, como cuando estaba llena de grasa, y es ahí cuando se preguntan en dónde estuvo su error.

Y la respuesta les golpea tan duro que sólo atinan a bajar la cabeza ante la sencillez de lo que obviaron.


Ese pequeño músculo al que nadie iba a mirar, el que ellos desdeñaron, es el que a la postre mantiene a todos los demás en la posición correcta, es que les brinda el soporte necesario para que todos esos abdominales puedan generar admiración, ese músculo, el abdominal transverso, es el más importante a la hora de fijar una estrategia para lograr abdominales de acero, y no sólo eso, sino que generen la atención que se quiere lograr con ellos.

Lo mismo ocurre con los que empiezan a escribir una historia, siempre se preocupan por generar efectos rimbombantes, ya sea con acciones estrepitosas o con emociones desbordadas, y se olvidan del abdominal transverso de su narración, por lo que terminan creando un Hulk desproporcionado que suscitan poca o ninguna aceptación, y sí más bien un sentimiento de repulsión y rechazo a una idea que debería haber generado todo lo contrario.

La mayoría de los que se jactan de escribir historias desdeñan al abdominal transverso de la narrativa, no lo creen necesario, es más, existen los que lo menosprecian, y al final terminan agachando la testa como los físico culturistas cuando sus historias tienen mucho de espectáculo circense pero sin ninguna coherencia, y es sólo allí cuando comprenden la importancia de esa hilo mágico que a la postre es quien le da el brillo a su creación.

Ese elemento es la estructura, es el eje, el esqueleto que le brinda coherencia y unidad a lo que se quiere decir, y recuérdese que siempre se debe saber qué se quiere decir (ver la nota La idea, el punto de partida o La Premisa) para poder saber a dónde se quiere llegar.

Así que, si no quieres tener una historia con abdominales de lavadero pero con panza de cervecero, es mejor que sepas desde el inicio lo que vas a hacer, y utilices las herramientas que necesitas, no te olvides del abdominal transverso de tu narración, porque sólo al final comprenderás lo que todos entienden sólo después de muchos fracasos, que la estructura es la clave, no de un éxito “comercial”, sino de la comunicación clara y eficaz de la idea que quieres transmitir.

Claro que si me dices que tú no quieres decir nada, ni transmitir nada con tu historia, eso es otro cuento, y hablamos de cosas muy diferentes…, así que ahí, y sólo en ese caso, olvídate de tu abdominal transverso; sino…

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La creación de historias y el síndrome de los abdominales

En la mayoría de los casos suele suceder que cuando un hombre (o una mujer) decide ir al gimnasio es porque quiera alisar la panza, o como dicen los entendidos, tener un estómago de lavadero (entiéndase que se refieren a esas tablas antiguas en la que lavaban en tiempos de nuestras abuelas), o expresado en otros términos, marcar las chocolatinas, diciendo con ello que quieren tener esos cuadritos definidos rodeándoles el ombligo.

Y así se meten de lleno en una carrera contra el tiempo, y no lo digo de forma figurada, ya que realmente quieren tener esos abdominales en menos de lo que canta un gallo, y hay algunos que se matan de hambre porque creen que así se les van a definir en un tiempo record y terminan desmayados sobre la colchoneta. Otros comienzan a tomar cosas raras para que los ayuden a lograr lo que por sus propios medios no han podido; y hay otros, los más “afortunados”, que logran conseguir que se les vean esos cuadritos en la barriga, pero se dan cuenta al final que siguen teniendo una panza protuberante como la del principio, marcada sí, pero redondeada, y es sólo en ese momento en donde empiezan a pensar qué hicieron mal.


Sólo ahí se dan cuenta de que tienen unos músculos abdominales fuertes como un roble, tan enérgicos que hasta dan miedo, tan definidos que bien se podría sembrar algún cultivo exótico en esos surcos; pero que a la postre no están sobre una línea recta vertical, sino, parafraseando aquella vieja canción de Roberto Carlos, una medida perfecta de “cóncavo y convexo”, y lo menos que sienten es ganas de llorar por la frustración.

Tanta lucha, tanto esfuerzo, tanto sacrificio… para seguir con pancita; re-marcada, sí, pero pancita (o panzota) al fin y al cabo; y vuelve la pregunta, ¿qué hice mal?

Así son los escritores que quieren construir historias impactantes, historias que tengan abdominales de lavadero, que se paseen por las playas y todas las miradas las sigan, que todos hablen de ellas, y resulta que al final sólo pueden mostrar una panza abultada, y también se terminan preguntando, ¿qué hice mal?

Si quieres saberlo tú, te invito a leer la nota El abdominal transverso y la narración de historias.

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