El porqué de una estructura narrativa

Cuando comenzamos a comunicarnos, allá por los primeros días (u horas) de nacidos, lo primero que aprendemos es que existen unos códigos por medio de los cuales los demás podrán entender mejor lo que les queremos decir, lo que queremos expresar; y a medida que crece nuestra talla y nuestro entendimiento nos vamos apropiando de esos signos y formas para comunicarnos con los demás.

A esos signos y formas los comenzamos a llamar lenguaje, ya sea este de una forma verbal o escrita o corporal o de otro tipo, y entendemos que el entorno que nos rodea capta mejor o peor nuestros mensajes en la misma medida en la que utilicemos adecuada o inadecuadamente esos lenguajes, y que conste que no digo en ningún momento que se le utilice correcta o incorrectamente, eso es otra cosa.

Así que sin siquiera razonarlo, porque la vivencia misma nos lo hace palpable, comenzamos a vivir en un mundo regido por códigos de comunicación. Códigos y formas que en su conjunto se convierten en una estructura mental gracias a la cual se evita el caos comunicacional y se integran entendimientos que lleven a la unidad (lo cual incluye acuerdos y desacuerdos) de una misma sociedad.

Y es gracias a esa estructura comunicacional que se pueden transmitir los conocimientos de generación en generación y se pueden valorar, catalogar, discernir y sopesar esos conocimientos dentro de una misma generación.

Y así llegamos a una parte específica de ese entorno comunicacional, el que le corresponde a los narradores, a los contadores de historias, a los transmisores de conocimiento o divertimento; y nos encontramos con que algunos de ellos quieren olvidar de plano todo este concepto, porque no quieren caer en “clichés” que deformen o amarren su proceso “inspirador”, y es ahí en donde debo opinar que están equivocados, porque creo que olvidan de plano todo lo que significa y conlleva la responsabilidad de un comunicador, la cual va más allá de alimentar egos individuales que sean “valorados” por unos pocos “cultos” y debe trascender a la mayoría para poder así transformar o afianzar una cultura.

No digo que no existan formas personales de transmitir las necesidades creativas, sino que todo aquél que quiera narrar sus historias y trascender con ellas, no debe nunca olvidar, ni mucho menos desconocer, la importancia de la estructura narrativa como elemento catalizador y unificador de los procesos comunicacionales, gracias a la cual sus potenciales seguidores puedan argumentar o discutir sus pensamientos.

Puede ser que después de conocer las diferentes formas estructurales quiera lanzarse a crear su propia forma de comunicación y olvidar de plano siglos de codificación, perfecto, eso lo respeto, pero si las tacha de plano sin conocer su funcionalidad simplemente para darse unas ínfulas de semidiós, es allí en donde entramos en conflicto, porque lo importante de un pensamiento no está sólo en la forma en cómo lo transmito, lo cual debo hacer a través de un medio en el que todos aquellos a los que me dirijo entiendan (a no ser, repito, que lo que pretenda sea que algunos pocos seudointelectuales me tilden de Maestro por el simple hecho de no entenderme), sino en el fondo de dicho mensaje, en su esencia, lo cual es generalmente lo que no tienen aquellas historias que se formaron despreciando las formas estructurales y necesitaron de retruécanos y malabares que les hiciera parecer más importantes de lo que en realidad eran, ya que una idea fuerte, profunda y verdadera cobra brillo cuando se transmite a través de un código generalmente aceptado y universalmente entendible, el cual está representado nada más y nada menos que por las estructuras narrativas que hemos utilizado como seres humanos desde que pintábamos en las cavernas.

Lo importante de una idea no es su creador, sino la idea misma, y si ella no es transmitida correctamente de nada importan ni su creador ni ella.

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