La Gota

La gota, mas que golpear su rostro, se posó suavemente, como queriendo besarla, luego bajó lentamente por su mejilla, acariciándola, buscando un asidero para aferrarse a ella, para no caer...

María empezó a cruzar la calle, pensó en aligerar la marcha porque aquel viento que empezaba a soplar más fuerte y aquella gota que le dio en la cara eran el presagio de la tormenta que se avecinaba; pero al momento se detuvo, justo en medio de la calle, y miró al cielo. Las nubes venían del este, se veían fuertes, espesas, arrasando con las pocas estrellas que tímidamente se esforzaban por sobrevivir para conservar las ilusiones de aquellos, cada vez menos, taciturnos y soñadores que aún veían en ellas el modelo de inspiración y de esperanza que los ayudara a enfrentar el nuevo día con la fortaleza necesaria para poder subsistir. María sonrió con nostalgia recordando cuando de niña subía a la azotea del edificio, cobija en mano, para dormirse mirando las estrellas después de contarles de sus hazañas amorosas con príncipes imaginarios que la mayoría de las veces le impedían concentrarse en sus deberes, y con tristeza se dio cuenta de que hacia mucho tiempo aquellos sueños e ilusiones ya no hacían parte de ella ¿desde cuándo?, era mejor no saberlo; era mejor no enterarse desde hacía cuánto su madurez le había robado su derecho de soñar. Las miró por última vez y quiso hacerles saber de su gratitud por guardar sus confidencias, pero sólo pudo pedirles perdón por no cumplir la promesa de realizar aquellos sueños. La última estrella pareció decirle adiós con un destello blanco-cálido antes de desaparecer bajo la espesa capa de nubes negras que hicieron invisible el firmamento a esa hora de la noche, y empezó a caminar lentamente; después de todo, ¿para qué la prisa?

María. Tal vez el día que la bautizaron no supieron cuán bien encajaría ese nombre con ella. María; la pura y casta, la buena hija, la buena hermana, la niña ejemplo. Esa María caminaba ahora mismo los pasos de su propio calvario, un calvario ilógico que nunca debió comenzar pero que la sociedad "justa y de buenas costumbres" le infligió por castigo aún sin darse por enterada; porque nadie sabia nada, excepto ella y él.

¿No será que todos somos culpables del dolor de los demás y simplemente miramos a otra parte para evitar responsabilidades?

... La gota sintió una extraña sensación, amarga, y al mismo tiempo se sintió crecer. Miró a su alrededor buscando a la compañera que vino a sumársele en el festín de aquella noche, pero no vio a nadie. Extrañada buscó la causa de su nuevo estado y se dio cuenta de que aquel sabor y su acrecentamiento eran producidos por una lágrima de su anfitriona. Era una lágrima pura, llena hasta lo más profundo de la mismísima quintaesencia del dolor de su dueña. Y la gota se sintió rara, se sintió bien y se dio cuenta de que el dolor y el llanto, cuando son del alma, nos hacen crecer, y desde allí y por siempre seremos únicos. Porque una gota como ella no habría dos...

El fogonazo de un relámpago barrió por un segundo la oscuridad, pero a María le pareció eterno; y sonrió. Recordó aquella otra noche, tan igual y tan distinta. Tan igual por ser tan noche y tan distinta por ser tan negra. Pensó en Miguel, tan guapo, tan lleno de vida, tan suyo. Una contracción involuntaria de sus pulmones la dejó un momento sin respiración, y un nudo en la garganta le cambió la risa por un gesto extraño y se detuvo otra vez. ¿Debía hacer lo que iba a hacer?, ¿debía?; eso era lo más injusto. ¿Por qué carajos tenía que hacerlo, no era acaso la ley de Dios la de crear la vida por amor? Por amor. ¿Qué decadente humano era capaz de pregonarle a ella lo que se debía hacer por amor; de decirle siquiera qué pendejada era el amor?, porque si algo conocía ella era el bendito amor. Cuántas veces le dijo que lo amaba, y cada vez se sentía más llena, mas dichosa, más henchida de Dios.

Dios, ¿por qué será que nunca lo queremos recordar para saludarlo; bueno, después de todo para qué?, pero es el primero al que llamamos cuando necesitamos de alguien en quien confiar de verdad, y eso fue lo que hizo María. Miró de nuevo al cielo, y en una oración de verdad, rogó: "Dios mío, no me dejes caer ahora, ayúdame... ¿dime qué debo hacer?".

Pero no vio nada. Todo estaba tan negro y tan solo como su alma, y sonrió, de la manera más dulce que podemos sonreír de melancolía, angustia y desolación; porque se dio cuenta de que la noche era suya, porque la noche lloraba, sufría y se reía como ella, con ella, y le dio las gracias por su apoyo. Respiró profunda, tranquilamente, y reinició la marcha; esta vez lentamente, muy lentamente, de todos modos ya estaba cerca y tal vez no quería llegar tan pronto, tal vez no quería llegar...

...La gota resbaló un poco y volvió a sentir miedo de caer, era un miedo irracional porque sabía que por ley natural su destino era el fango, pero se resistió a pensar en lo natural, en el destino predeterminado; porque después de todo ella no era una gota normal, porque ahora era una gota lagrimera y eso la hacía diferente, porque al conocer el dolor y la angustia ya pertenecía a una élite distinta, a un rango superior.

Esto hizo que milagrosamente no cayera y quedara colgando en la parte inferior de la barbilla, justo al borde del abismo, en el sitio donde debía decidir su futuro; aunque a veces no veía la razón para tanta lucha, pero siempre hay algo que sin distingo de materia nos hace aferrarnos a la vida y la gota no era la excepción...

…Mientras esperaba a que le abrieran aquella puerta, María recorrió el lugar con la mirada; vio la soledad de las calles, oyó el sonido del agua golpeando el asfalto y formando pequeñas coronitas diamantadas a lo largo de este; a lo lejos escuchó el ladrido de algún perro vagabundo como queriendo gritarle al mundo su gelidez en aquella noche; y detuvo la mirada en aquella puerta, la más vieja, destartalada y lúgubre de esa zona. Era una puerta de madera, carcomida por el paso del tiempo y por uno que otro comején que debió tenerla por casa en alguna época hasta que ya ni para eso sirvió.

Y no pudo más.

Respiró profundamente, se tocó el vientre y sonrió; pero esta vez no lo hizo con tristeza ni con angustia, sino con amor y en paz. No esperó a que le abrieran la puerta y con decisión, esa que tanto le había faltado hasta ahora para afrontar su amor, dio media vuelta y se alejó por esas calles solas bailando sobre coronitas de diamante.

…La gota se aferró tanto a la vida que no cayó al fango sino que se deslizo suavemente por el cuello de María, y a cada centímetro que avanzaba se diluía en su piel fundiéndose con ella en una extraña forma de no perder la vida, porque con cada segundo de su zigzagueante recorrido, con su pequeña y hasta insignificante existencia, contribuía a darle vida a algo superior, algo magnífico, y fue feliz.

2 comentarios:

Mónica Sánchez dijo...

Eso, para qué la prisa? Muy bueno :)

Martín Armenta dijo...

Gracias Mónica, y qué bueno que ta haya gustado.
Tienes razón, ¿para qué la prisa..?