Michael Jackson, in memorian

Michael Jackson, todos hablan de él como si lo conocieran. Unos lo idolatran y otros lo menosprecian, y hasta lo odian; pero ninguno podrá negar nunca que él cambió la forma de hacer música.

Su forma de bailar y presentar su música influyó a todos los artistas surgidos desde su época y hasta mucho más allá de los días que están por venir.

Yo, un jovencito nacido en un pequeño y remoto pueblo en donde nunca se oía música en un idioma diferente al español, tengo que reconocer que me impactó aquella noche en la que vi a un ser especial bailando sobre unas baldosas que se iluminaban a medida que él pasaba por ellas.

Yo, y lo digo sin ocultarlo y hasta con orgullo, lo admiro. Él me demostró lo que se puede hacer cuando se cree en el talento propio; aunque también es mi referente para ver lo que es capaz de hacer con un ser humano una sociedad a la que le gusta solazarse con el dolor de los demás.

Michael Jackson, y a muchos se les olvida, más allá del verdadero artista que era, fue un ser humano; y que como ser humano se enfrentó desde una infancia temprana a las fauces de una sociedad rencorosa y vengativa. Una sociedad que desde el principio lo miro como un niñito “negro” con una grande y chata nariz de negro. Una nariz con la que nunca pudo sentir que satisfacía la “perfección” establecida y exigida por esa sociedad.

Una infancia arrebatada y a la que siempre quiso aferrarse poniendo el alma en ello. Un ser humano que amaba a los niños (y no lo digo con la sorna con la que otros lo dirán), porque para mí, siempre será inocente de todo ello, ya que su mente aferrada a esa infancia robada no podría nunca pensar en las cosas de las que algunos, buscando sólo un provecho económico, lo acusan por el sólo hecho de ser quien era.

Estas son palabras escritas con el tremor que me produce la reciente noticia, aún sin terminar de confirmarse, de su muerte. Si es así, adiós al rey del pop. Siempre serás un referente, siempre habrá quien retome tus banderas de save the children, tus ideales de save the world.

God save the king.

Mi madre

Mi madre, mi mamá como siempre le dije, y le diré aún cuando hoy ya no está conmigo, me inculcó en la sangre y en los tuétanos desde el mismo inicio de mi existencia el amor por los libros.

Por eso soy quien soy.

Hoy, cuando ya en la mente de algunos se ha desvanecido ese día que todos celebran con algarabía como “el de las madres”, y desde ahí hasta hoy ni le han devuelto una llamada a su viejecita, yo aprovecho para recordar a la mía, a mi amá.

Este es uno de sus poemas, en donde, al hablar de las madres, me dio a mí también las palabras para dedicarle a ella y a todas las madres del mundo su poema.

Para todas ellas, madres del mundo, este poema de mi mamá.

Mi Madre

Tiene en sus ojos la redondez del mundo
son sus canas las nubes de verano
noche de luna tiene en su mirada
y en la boca una plegaria
Su risa es un arpegio de mil cuerdas
por mil ángeles tocada.

Su reposo cuando está cansada,
es suave brisa perfumada,
sus manos son la fuerza
y la ternura entrelazadas.

Su virtud es mástil y vela de mi nave.
Su voz, la nota dulce
del cantar de los cantares.
Su dolor es lo amargo
y lo profundo de los mares.

Su presencia es un oasis en mi Sahara.
Su entrega, la poesía de todo verso,
y su amor, ¿a qué se le compara
si ella es el universo?

Su amor debe ser
el corazón de Dios.

Un poema de Alicia Armenta protegido por las leyes de Derecho de Autor. Su contenido no podrá ser publicado sin la autorización expresa de este sitio.

Hay días en los que somos tan…

Sí, hay días en los que somos tan lúgubres, tan lúgubres, que hasta una puesta de sol nos resulta triste, una palabra no tiene valor y el amor nos importa un comino.

Pero hay días en los que, aunque no haya sol, todo pensamiento enciende la ilusión y la vida se llena de cosas hermosas.

Hasta las serenas gotas que golpean la tranquila hoja de un árbol nos llenan de paz y su constante tintineo, reventando en pequeñas gotas, parecen coronar su verde tez con chiquititas coronas de cristal.

Hay días en los que somos capaces de robarnos sin color en las mejillas las palabras de un gran poeta para decirle al otro que lo amamos, y hoy es un día de esos; y por eso, con todo lo que soy apretujado en dos palabras, te digo sin ambages y poniendo en ello lo que soy, que te amo.

Porque hoy es un día de esos…

El temor a la página en blanco

La mayoría de escritores decimos sentir un temor reverencial ante la página en blanco. La vemos como una figura amenazante y aterradora, capaz de devorar nuestras ideas sin compasión ni remordimiento.

A veces es tan grande el temor, que nos levantamos después de mucho tiempo frente a ella sin por lo menos haber escrito un garabato; y pasan días en los que la evitamos, en los que no nos atrevemos siquiera a pasar por su lado.

Hoy en día, cuando la mayoría de los que nos dedicamos a escribir lo hacemos en programas informáticos, encendemos el computador con la firme convicción de que “hoy sí”, hoy será el día en el que venza mi propia reticencia y mis temores y me lance de lleno a una nueva y hermosa aventura narrativa… y no, ese día tampoco fue.

¿Por qué?, fue la pregunta que me hice una vez. ¿Por qué ese temor, por qué a veces me aterra ese marco vacío frente a mí?

Lo primero que se me vino a la mente fue la idea de que simplemente era una falta de voluntad, una falta de compromiso hacia una causa que podía estar considerando, tal vez, improductiva.

Sin embargo después lo pensé mejor, le seguí dando vueltas a la idea en mi cabeza (casi las mismas vueltas que daba alrededor de la hoja en blanco que en la pantalla del computador con una línea negra titilante retaba desafiante a mi voluntad), y poco a poco llegué a la conclusión de que la cosa pasaba más por la idea de un posible temor al fracaso, de un no poder estar a la altura de mis expectativas, de llegar al final a entender que no era yo lo que yo mismo creía de mí, y eso, no te miento, fue un golpe duro, contundente, fulminante; y apagué el aparato, “maté” a ese maldito cursor que sin ambages se atrevía a enfrentarme contra mis propias debilidades.

Y pensé que descansaría por fin, pero no fue cierto, porque después de eso aquel cursor titilante siguió indemne su trepidar perpetuo en mi cerebro. Me acechaba detrás de cada pensamiento; a veces burlón, a veces cáustico… a veces triste.

Hasta que no pude más y mis dedos, como una prolongación de mis necesidades, se atrevieron a tocar por fin las piezas negras del teclado y en un desenfreno loco comenzaron a perseguir a ese cursor malicioso con un desfile de letras amontonadas en un no sé qué lleno de frenesí y desparpajo.

Al final, cuando la pasión y la locura dieron paso a la cordura después de un desahogo que se escapó a borbotones por mis manos, pude por fin darme cuenta de lo que había hecho, y contrario a lo que siempre pensé, no sentí temor ni responsabilidad, porque supe que lo que había puesto en esa hoja ex nívea era ni más ni menos que la esencia misma de mí mismo, y me sentí libre.

El mundo inalterado, o el comienzo de toda historia

Todo está en calma, nada extraño ocurre. El viento agita las ramas de los árboles con una suavidad que apenas alcanza a refrescar la noche, hasta que un “algo” aparece y todo a su alrededor se vuelve caos…

Así podría empezar; perdón, así debe empezar toda historia, aunque alguno me dirá que no necesariamente, ya que si lo quisiera podría empezar con ese “algo” arrasando con todo a su paso sin que para ello mediara ninguna calma anterior, y que con ello, además, le imprimiría un golpe de entrada (un teaser que llamarían los cineastas), que generaría emoción inmediata.

Pero ello no sería tan cierto, ya que aunque así empezara, de todas maneras eso me indicaría simplemente que yo como escritor decidí dejar de lado una información que no creí necesaria transmitir, que recurrí a la utilización de una elipsis, ya que queda por sentado que antes de que apareciera “eso” todo debió estar en calma, porque la única justificación de toda aventura es la de resolver cualquier conflicto o circunstancia que haya alterado la paz y la tranquilidad de ese mundo o estado inicial.

Veámoslo desde este otro punto: para generar una historia dramática debemos tener siempre un personaje al que lo mueve una motivación para alcanzar un objetivo, pero que en ese camino se encuentra con un elemento conflictivo que le impide lograr su cometido y al cual por ende debe enfrentarse para vencer o ser vencido.

Personaje Motivación Objetivo Elemento conflictivo

De allí deducimos que fue la motivación la que generó en el personaje su decisión de alcanzar un objetivo, motivación sin la cual no tendría nada qué desear ni nada por lo cual o contra qué luchar; es decir, que de no existir esa motivación todo en la vida del personaje seguiría transcurriendo en calma, o por lo menos en una corriente monotonía.

Entonces podemos deducir que el objetivo de toda aventura narrativa es la de devolver la compostura a un elemento o universo que por alguna circunstancia ha sido alterado, y que para poder demostrar que todo ha vuelto a esa normalidad debemos saber cuál ha sido esa “normalidad” desde la cual hemos partido; normalidad que dicho sea de paso nunca será igual a la inicial, ya que siempre habrá algo que se ha alcanzado o ganado, o algo que se ha perdido, o ambas circunstancias a la vez.

Entonces tenemos que en el inicio de toda historia parte de un universo sin alteración, un mundo en calma, un espíritu sin vicisitudes; el cual por circunstancias propias de cada historia se verá estremecido, tocado, amenazado o movido por un acontecimiento o elemento contra el cual deberá luchar, ya sea para alcanzar un objetivo o un deseo o para derrotar una amenaza, y que dependiendo de cuál sea su elemento conflictivo y su lucha, deberá comportarse reactiva o proactivamente.